Miss Helen Slingsby era mi tía solterona
y vivía en una casita cerca de una plaza elegante
cuidada por su servidumbre en número de cuatro.
Ahora que murió, hubo silencio en los cielos
y silencio en su extremo de la calle.
Se cerraron los postigos y el funerario se restregó los pies,
se daba cuenta de que no era la primera vez que ocurría algo así.
Los perros quedaron generosamente atendidos,
pero poco después se murió también el loro.
El reloj de Dresden siguió tictaqueando en la repisa de la chimenea
y el lacayo se sentó encima de la mesa del comedor
con la segunda doncella en las rodillas-
ella, que siempre tuvo tanto cuidado mientras vivió su señora.


ENVIADO POR ACAMUS

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